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Antes del alba. La genética y el Génesis

Viernes.4 de agosto de 2017 118 visitas Sin comentarios
Nicholas Wade, El Viejo topo. #TITRE

Se ha afirmado a menudo y de una manera confiada que el origen del hombre nunca será conocido, pero la ignorancia genera confianza con más frecuencia que el conocimiento; los que saben poco, y no los que saben mucho, son los que más positivamente afirman que tal o cual problema nunca será resuelto por la ciencia.

Charles Darwin, El origen del hombre

Si viajamos hacia atrás en el tiempo para adentrarnos en el pasado humano, la evidencia histórica es lo suficientemente abundante durante los doscientos primeros años y luego disminuye rápidamente. Al llegar a la marca de hace 5.000 años, el registro histórico desaparece completamente y cede el testigo a los mudos yacimientos arqueológicos. Yendo aún más atrás, incluso estos se van volviendo cada vez más raros durante los siguientes 10.000 años, y se desvanecen casi por completo cuando llegamos a la marca de hace 15.000 años, la fecha de los primeros asentamientos humanos. Antes de esto, la gente vivía una existencia nómada basada en la caza y en la recolección. No construían nada y no han dejado detrás casi nada permanente, salvo unas cuantas herramientas de piedra y las notables pinturas rupestres en algunas cuevas de Europa.

Retrocedamos otros 35.000 años y llegaremos a la marca de hace 50.000 años, la época en que la población ancestral humana todavía estaba confinada en su tierra natal en algún lugar del nordeste de África, aunque ya había empezado a mostrar los primeros signos de una conducta moderna. Si este es el momento en el que empieza la historia humana moderna, entonces el registro escrito solo da cuenta del 10 por ciento de ella; el 90 por ciento de la historia humana parece irremediablemente perdido.

Sigamos retrocediendo hasta el más temprano punto de partida del relato humano, el período, unos 5 millones de años atrás, en el que las criaturas simiescas que estaban en el origen de la rama del linaje humano empezaban a separarse de las que estaban en el origen de la rama del linaje de los chimpancés. La única evidencia física de todo este período, que vio la evolución del simio a la forma humana, es un puñado de cráneos abollados y unas cuantas herramientas de piedra.

Aparentemente no era posible obtener un conocimiento más profundo de estos dos períodos desaparecidos: los 5 millones de años de la evolución humana, y los 45.000 años de la prehistoria. Pero en los últimos años un nuevo y extraordinario archivo ha pasado a estar disponible para aquellos que estudian la evolución humana, la naturaleza humana y la historia. Me refiero al registro codificado en el ADN del genoma humano y en las versiones del mismo que llevan consigo todas las poblaciones del mundo. Ya hace tiempo que los genetistas contribuyen al estudio del pasado humano, pero últimamente, desde que determinaron la secuencia completa de las cadenas de ADN del genoma humano el año 2003, lo están haciendo de un modo particularmente fructífero.

¿Cómo es que el genoma humano, específicamente formado para favorecer la supervivencia en el presente, tiene tantas cosas que decirnos acerca de nuestro pasado? Como depósito de la información hereditaria que está en un proceso constante de cambio, el genoma es como un documento que está siendo incesantemente revisado. La forma en que cambia este documento es tal que cada una de sus redacciones conserva evidencias de los borradores anteriormente redactados, y estos, aunque no son fáciles de interpretar, proporcionan un registro que se remonta muy lejos en el pasado. El genoma, por consiguiente, puede ser interrogado a muy diferentes escalas temporales. Puede proporcionarnos respuestas a preguntas relativas al Adán genético, un hombre que vivió hace 50.000 años y cuyo cromosoma Y llevan todos los hombres que viven actualmente. O podemos hacerle preguntas acerca de cosas que ocurrieron hace apenas un par de siglos, como por ejemplo si Thomas Jefferson, el tercer presidente de Estados Unidos, tuvo una familia secreta con su amante, la esclava Sally Hemings.

Desde Adán a Jefferson, el genoma está ayudando a los investigadores a crear una imagen nueva y mucho más detallada de la evolución humana, la naturaleza humana, y la historia. De la gran oscuridad está surgiendo un relato sorprendentemente completo. Este nuevo relato del pasado humano se asienta en unos fundamentos sólidos puestos por los paleoantropólogos, los arqueólogos, los antropólogos y otros muchos especialistas. Podemos decir que es nuevo en el sentido de que, actualmente, la información genética contribuye a cada una de estas disciplinas tradicionales y está empezando a unificarlas.

Este libro describe aquellos aspectos de la evolución, la naturaleza y la prehistoria humanas que han sido esclarecidos por los descubrimientos genéticos de estos últimos años. Los lectores que no estén familiarizados con estos campos puede que se sorprendan de la riqueza de la información que contiene este nuevo relato. No existe ningún vídeo de cómo los simios se metamorfosearon poco a poco hasta convertirse en personas, pero es posible reconstruir en gran parte una secuencia con los acontecimientos más destacados de esta metamorfosis. No hay ningún mapa que registre la dispersión de los nuevos humanos desde su patria ancestral, pero los investigadores pueden ahora reconstruir el camino que siguieron al salir de África y las migraciones que les llevaron a ocupar el mundo exterior. Es incluso posible reconstruir algunas de las instituciones sociales que emergieron mientras se hacía la transición desde una forma de vida nómada, basada en la caza y la recolección, a las complejas sociedades de hoy.

Informaciones procedentes del genoma han ayudado a los paleoantropólogos a saber cuándo los humanos perdieron el vello corporal y cuándo adquirieron el poder del habla. Han clarificado para los arqueólogos el largo dilema acerca de si los neandertales y los humanos modernos se cruzaron pacíficamente unos con otros o combatieron unos contra otros hasta la extinción de los neandertales. Han proporcionado a la antropología datos sobre la adaptación humana a prácticas culturales como la ganadería o el canibalismo. La cascada de datos del ADN está incluso beneficiando indirectamente a la lingüística histórica, y los biólogos pueden aplicar el método de los árboles genealógicos desarrollado por las genealogías genéticas para reconstruir la evolución del lenguaje.

Acerca de la cuestión crítica de la población ancestral humana, el último grupo del que todos los que hoy estamos vivos somos descendientes, las técnicas de la paleoantropología y la arqueología son incapaces de decirnos nada acerca de unas gentes que han desaparecido sin dejar rastro. Pero los genetistas, rebuscando en el abarrotado altillo del genoma, pueden aportar todo tipo de detalles inesperados. Pueden deducir el tamaño de la población ancestral. Pueden decir en qué parte de África vivió probablemente. Pueden poner una fecha –aproximada– a la aparición del lenguaje. Pueden incluso inferir, en un caso, cómo sonaba el primer lenguaje.

Las primeras prendas confeccionadas

Pocos descubrimientos ilustran mejor la habilidad de los genetistas para proyectar luz en los más sorprendentes rincones del pasado humano que una reciente estimación de la fecha en que la gente empezó a confeccionar su propia ropa. Los humanos primitivos utilizaron probablemente pieles de animales durante millones de años cubriéndose con ellas como capas para combatir el frío, pero la confección de prendas de ropa es un invento más reciente. Los arqueólogos nunca han podido determinar cuándo se usaron las primeras prendas confeccionadas porque tanto los materiales para fabricarlas como las agujas de hueso utilizadas para coserlas eran demasiado perecederas.

Un día de otoño de 1999, el hijo de Mark Stoneking llegó a casa desde la escuela con una nota de la maestra advirtiendo a sus padres que un compañero de clase tenía piojos. Stoneking, un investigador norteamericano que trabajaba en el Instituto Max Planck de Antropología evolutiva, leyó la nota con el mismo cuidado con que lo hubiera hecho cualquier otro padre. Pero como genetista que llevaba mucho tiempo interesado en los orígenes de la humanidad, le llamó la atención la seguridad con que la nota de la escuela afirmaba que los piojos no pueden sobrevivir más de 24 horas lejos del calor de un cuerpo humano. “Pensé que si esto era cierto, dice Stoneking, entonces los piojos tenían que haberse diseminado por todo el mundo gracias a las migraciones humanas.” Stoneking pensó que si podía demostrarlo, habría descubierto una confirmación independiente del patrón de migraciones que está implícito en el ADN humano. Pero tras pasar unas horas investigando en la biblioteca, se dio cuenta de que el ADN de los piojos podía contener un dato aún más interesante: la fecha en que los humanos empezaron a vestirse.

Los compiladores del libro del Génesis estaban tan preocupados por la cuestión de la desnudez humana que incluyeron no uno, sino dos relatos de cómo los humanos empezaron a sentir el pudor que les llevó a cubrir su desnudez. En el primer relato, Adán y Eva se confeccionan ellos mismos un taparrabos con unas hojas de parra tras darse cuenta de repente de que van desnudos. En el otro, el propio Creador confecciona a la descarriada pareja unos abrigos de pieles justo antes de expulsarlos del paraíso. Ninguno de estos dos relatos reconoce el peso de la otra parte interesada en la historia del vestido humano: el piojo. Al fin y al cabo, en la época en que nuestros antepasados humanos estaban tan cubiertos de vello como cualquier otro mono o simio, el piojo podía recorrer libremente sus cuerpos desde la cabeza a los pies. Cuando los humanos perdieron el vello corporal, los dominios del piojo se encogieron, quedando confinados al solitario y absurdo mechón de pelo que crece en la cabeza humana. Pero el piojo se armó de paciencia y se dispuso a aguardar su momento, que llegó muchos milenios después, cuando la gente empezó a llevar ropa; el piojo de la cabeza ( pediculus humanus capitis ) aprovechó la oportunidad de recuperar el territorio perdido y evolucionó hasta dar origen a una nueva variedad, el piojo del cuerpo ( pediculus humanus corporis ), que podía vivir en la ropa. Los dos tipos de piojo se parecen mucho, excepto que el del cuerpo es mayor y tiene unas garras especializadas para adherirse a la ropa, no al pelo. Stoneking se dio cuenta de que podría fechar la invención de la ropa si podía calcular, a partir de las variaciones en el ADN de los piojos, la época en que el piojo del cuerpo empezó a evolucionar a partir del piojo de la cabeza.

Recogió piojos de la cabeza y del cuerpo en personas de doce países de todo el mundo, desde Etiopía hasta el Ecuador, pasando por Nueva Guinea. Analizó todas las variaciones en un pequeño segmento del material genético de ambos tipos de piojo, y situó a las poblaciones de piojos en un árbol genealógico. Conociendo el ritmo al que las variaciones se habían acumulado en el ADN a lo largo de los siglos, pudo calcular las fechas de las diversas bifurcaciones o ramificaciones del árbol.

La ramificación en la que el piojo de la cabeza empezó a evolucionar hacia el piojo del cuerpo se produjo hace unos 72.000 años, mil años arriba, mil abajo. 2 Dando por supuesto que el piojo del cuerpo evolucionó casi inmediatamente una vez el nuevo nicho estuvo disponible, podemos deducir que la gente empezó a preocuparse por su desnudez solo en la fase más reciente de su historia evolutiva. Fue más o menos por esta época, o unos miles de años más tarde, cuando los humanos perfeccionaron su lenguaje y salieron de África dispuestos a colonizar el resto del mundo. Y al parecer decidieron vestirse para la ocasión.

Fuente: Del capítulo 1º, La genética y el Génesis. Nicholas Wade Antes del alba. Recuperando la historia perdida de nuestros ancestros, Biblioteca Buridán.

Fuente: http://www.elviejotopo.com/topoexpr...

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