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40 años de la película maldita del cine valenciano

Jueves.13 de septiembre de 2018 150 visitas Sin comentarios
La película «La portentosa vida del Pare Vicent» fue recibida con protestas, encierros en iglesias e incluso una bomba en la sala Goya de Alcoi. #TITRE

voro contreras

Escándalo. En 1978, en plena transición y auge de la contracultura, Carles Mira llevó al cine los «miracles» de Sant Vicent Ferrer. El resultado no pudo ser más polémico.

El 1 de septiembre de 1978 el Cine Luchana de Madrid acogía el estreno de La portentosa vida del Pare Vicent, escrita y dirigida por el valenciano Carles Mira y con Albert Boadella, Ovidi Montllor y Ángela Molina como protagonistas. Ese mismo día, el entonces presidente de la Diputación de Valencia, Ignacio Carrau, le enviaba un telegrama al ministro de Cultura, Pío Cabanillas, instándole a prohibir este «infamante» filme, que suponía, según Carrau, «un ataque al honor del pueblo valenciano, que tiene en San Vicente Ferrer, figura indiscutible en su historia con proyección internacional».

Pese al telegrama de Carrau, la película que ahora cumple 40 años se pudo estrenar en toda España, aunque en València no lo hizo hasta noviembre de 1981. Desde meses antes de aquel estreno en el Luchana el trabajo de Mira ya había despertado tanta polémica y el clima estaba tan turbio que los exhibidores del «cap i casal» decidieron no proyectar el filme. Quizá algunos lo hicieran por cuestiones ideológicas, pero también tenían poderosas razones para tener miedo.

Cuando el 26 de septiembre de 1978 La portentosa vida... se estrenó en el Goya de Alcoy -localidad que se había implicado íntimamente en la producción- una bomba explosionó en los baños de este cine durante la proyección. El atentado -que no provocó más víctimas de gravedad que los inodoros- fue reivindicado por tres formaciones distintas: el Grupo Antimarxista Valenciano, la Brigada Antipornográfica de Castellón y el Movimiento de Izquierda Nacionalista Valenciano. «La próxima vez que en el Reino de Valencia se proyecte, prometemos que el mal será mayor. El cine será destruido», advertía el Grupo Antimarxista en un comunicado posterior al atentado.

Así quedaron los baños del cine Goya de Alcoy tras la explosión de la bomba durante el estreno.

« La portenosa vida del Pare Vicent puso el dedo en la llaga de una latencia inquisitorial medular en la sociedad valenciana y, por extensión, en la española», afirma Jordi Costa en Como acabar con la Contracultura. Una historia subterránea de España, un estudio publicado este año en el que el crítico y periodista analiza varios hitos culturales del «underground» patrio alumbrados en las postrimerías del franquismo durante la transición. Uno de los hitos a los que Costa dedica más espacio es, precisamente, esta peli maldita en la historia del cine valenciano.

Tal como relata Costa, Carles Mira encontró inspiración para su debut en las representaciones de los «Miracles» de Sant Vicent y en la literatura sobre la vida de los santos del siglo XVII y XVIII, especialmente la hagiografía que dedicó al santo valenciano el dominico Vidal y Micó. El director valenciano -que en alguna entrevista comparaba al santo con un Mazinger Z de la época- decidió prescindir del Sant Vicent histórico y quedarse con el mito. «Prefirió ubicar a su pare Vicent en el territorio de esa ficción popular que preservaría el legado evangélico a lo largo del tiempo», señala.

Sin embargo, pese al tono entre esperpéntico e ingenuista que eligió para contar la historia, Mira no renunció a mostrar un posicionamiento ideológico con respecto al personaje. Lo hizo, según Costa, en escenas como la del grupo de prohombres que valora los beneficios económicos que les reportará traer a Sant Vicent a predicar en su pueblo, o aquella en la que el santo -al que Mira convierte en una especie de rock star mesiánica al albur del Jesucristo Superstar de Andrew Lloyd Weber y Tim Rice- y sus discípulos planifican su próxima visita evangelizadora como una especie de performance.

Costa destaca otra particularidad ideológica de La portentosa vida...: la de su producción. Para financiar la película, el cineasta valenciano optó por un método mixto que incluía -junto al capital profesional y el aportado por su propia productora- una participación en régimen de cooperativa de actores y equipo. Se montaron talleres en una vieja fábrica de Alcoy para elaborar decorados y vestuario, dormían todos juntos en literas que les dejó una filà de moros, los extras se establecían su propio sueldo, se utilizaban mantas sobrantes de la marcha verde marroquí... Una particular producción -«casi casi tupamara», según la definió el director- que no tardó en encontrar dificultades que desembocaron en un rodaje cada vez más improvisado y precario y cuyo presupuesto, finalmente, superó los 26 millones de pesetas.

Pero todo esto parece poca cosa si se compara con el escándalo que supuso la misma idea de plasmar a Sant Vicent en el celuloide, incluso antes de que llegase a las pantallas. Todo empezó cuando la revista Fotogramas publicó un reportaje sobre el rodaje que incluía una detallada sinopsis de la película. El 21 de abril de 1978 el periódico Las Provincias reprodujo una carta firmada por dos ciudadanos que, a su vez, recogía otra carta que estos le habían remitido al cardenal Tarancón instándole a juzgar a partir del reportaje de Panorama «a qué estado de humillación se pretende situar al pueblo valenciano». Tarancón no se pronunció, pero sí lo hizo la archidiócesis de Valencia a través de su boletín oficial, en la que acusaba a Mira de «pintarrajear con nauseabunda baba anticlerical» el legado espiritual de Sant Vicent.

Fue entonces cuando los exhibidores de València decidieron no estrenar la película y cuando el presidente de la diputación pidió al ministro Pío Cabanillas su prohibición. El mismo Carrau advertía en una entrevista que si La portentosa vida... se exhibía en la ciudad del santo «la indignación de los devotos que le veneran podría manifestarse con imprevisibles y graves consecuencias». El 16 de septiembre, un grupo de estos devotos valencianos se encerró en la iglesia de San Jerónimo de Madrid para protestar por la proyección, y al volver fueron recibidos por un millar de adeptos en las Torres de Serrano de donde marcharon a la Basílica para realizar una ofrenda florar al santo ultrajado. El 26 de septiembre, y tal como previó el presidente de la diputación, estalló la bomba en los baños del cine de Alcoy.

Poco a poco la polvareda que había levantado la película se fue diluyendo y las decenas de cartas de lectores a favor y en contra en los periódicos de la ciudad se fueron espaciando hasta desaparecer. Por fin, y con una discreta vigilancia policial, La portentosa vida... se pudo proyectar en València tres años después que en el resto de España. La polémica había terminado. O casi.

Diario Información

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