Batalla de Loos, Primera Guerra Mundial
A las diez de la mañana se realizó un tibio bombardeo de la zona en que se presumía que se encontraran las posiciones alemanas, aunque los alemanes no sufrieron víctima alguna y sus defensas de alambre de espinas permanecieron intactas. A las diez y veinte cesó el bombardeo y el frente estuvo en silencio los siguientes cuarenta minutos. A las once, las divisiones 21ª y 22ª salieron de sus posiciones y avanzaron en posición compacta, con sus oficiales montados al frente. Al principio los alemanes quedaron sorprendidos por la visión de masas tan densas de infantería, pero contuvieron su fuego hasta que los británicos hubieron formado líneas amplias e iniciado su avance. A continuación reproduzco un extracto de un relato alemán de la batalla:
“Podían distinguirse con claridad diez columnas de líneas amplias, cada una de ellas formada por algo más de mil hombres, ofreciendo un blanco como nadie había podido imaginar o ver. Nunca habían tenido los ametralladores un trabajo tan sencillo ni nunca lo habían realizado con tanta eficacia. Sus disparos barrían de un lado a otro las filas enemigas incesantemente. Los hombres permanecían de pie en los puntos de disparo, algunos incluso en sus parapetos, y disparaban triunfalmente a la masa de hombres que avanzaba a campo abierto. Cuando la infantería enemiga quedó en su totalidad dentro del campo de fuego los resultados fueron devastadores, hasta el punto que puede decirse que los soldados ingleses caían literalmente a centenares.”
Los alemanes difícilmente podían dar crédito a sus ojos: las tropas británicas marchaban tenazmente hacia ellos. Al llegar a las alambradas, de unos cinco metros de ancho y algo más de un metro de alto, y provistos únicamente de cizallas de mano que no eran lo suficientemente fuertes para cortar el grueso alambre, muchos hombres intentaban cruzarlas mientras otros se desgarraban en ellas sus manos desnudas. Otros se limitaban a correr arriba y abajo de la línea de alambradas intentando encontrar un hueco, hasta que eran alcanzados por los disparos. Sólo cuando no quedaba duda alguna de que no había esperanza de pasar, los supervivientes de ambas divisiones se decidieron a retroceder. Era tal la repugnancia que la masacre había provocado en los alemanes que muy pocos dispararon a los soldados británicos que se retiraban. De los diez mil hombres que ese día se lanzaron al ataque no menos de 385 oficiales y 7.861 soldados resultaron heridos o muertos. Los alemanes, por su parte, no sufrieron ni una sola víctima. Ni French ni Haig (mandos británicos) pueden escapar a la condena por tan desgraciado desperdicio de vidas. Así pues, aunque son muchas las ocasiones en que a lo largo de la historia se ha obligado a los soldados a realizar ataques frontales que provocaron enormes pérdidas, nunca se había producido un sacrificio más inútil que el de las divisiones 21ª y 22ª en Loos.
Extraído del libro de Geoffrey Regan “Historia de la Incompetencia Militar”, ed. Crítica, Barcelona 2001.
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